Mi mente giraba, repitiendo la escena sin tregua. Corría, feroz, con mi cuerpo cubierto de pelo blanco, las patas afiladas golpeando la nieve, los colmillos al descubierto, sedientos de sangre. El instinto me guiaba; el odio ardía por dentro. Tenía que protegerse.
Mis hijos. Mis cachorros.
Los míos, y los de él.
La rabia latía en mis venas como fuego líquido, pulsando más fuerte a cada paso. Los enemigos surgían delante, lobos por doquier, rodeando, avanzando. Pero yo solo veía a uno. Solo él m