Cualquier cosa podía ocurrir. Asherad lo sabía, y África también. Ningún Alfa podía permitirse depender de un solo cachorro; hacerlo era un riesgo inadmisible.
La Luna de la manada tenía un rol claro y fundamental: dar tantos hijos como fuera posible, asegurar la continuidad del linaje. Porque la pregunta siempre estaba latente, incómoda y peligrosa: ¿qué sucedería si Damián moría? Una enfermedad inesperada, un accidente, una desgracia cualquiera bastarían para dejar a la manada nuevamente sin heredero. Y entonces todo el equilibrio construido se derrumbaría.
Por esa razón, no podían conformarse con uno solo. Necesitaban reproducirse más, consolidar un linaje fuerte que no dependiera de una única vida frágil.
En cuanto a África, su insistencia no se sostenía únicamente en el deber. Ella deseaba estar con Asherad. Lo amaba, y ese sentimiento, lejos de debilitarse con el tiempo, se había vuelto más intenso. Anhelaba volver a compartir la intimidad con él, recuperar un espacio que sentía