Dalila había sido llevada a una celda en el calabozo, donde el frío parecía adherirse a los huesos y no concedía tregua. Permanecía arrodillada contra la pared de piedra, con los brazos extendidos hacia arriba, sujetos por gruesas cadenas que la obligaban a mantener aquella postura incómoda y dolorosa.
Sus muñecas estaban elevadas por encima de su cabeza, lo que hacía que el peso de su propio cuerpo recayera de forma cruel sobre sus hombros. Le habían quitado la parte superior de su uniforme; s