Dalila quedó con el rostro desprovisto de color.
—No… no puede ser —murmuró, más para sí misma que como una verdadera negación.
Rayborn inclinó ligeramente la cabeza, observándola con una serenidad perturbadora.
—Claro que puede ser —respondió con absoluta convicción—. He decidido no morir a manos de nadie. Mi final llegará cuando yo lo decida, y este no es el día.
Aquellas palabras, sumadas a lo que acababa de presenciar, terminaron de desestabilizarla. Por un instante, Dalila dejó de pensar c