Asherad avanzaba por los largos pasillos de su mansión con paso firme, aunque su mente estaba lejos de allí. Se dirigía a la sala de reuniones, el lugar donde acostumbraba encontrarse con los altos mandos del Clan cada vez que había asuntos delicados que tratar.
De pronto, en medio de su caminar, algo lo obligó a detenerse. No fue un tropiezo ni un dolor físico común. Fue como si algo se desgarrara dentro de su pecho, pero no en la carne, sino más profundo, en un lugar que no podía tocarse con