El sacerdote asintió, acomodando las manos dentro de las amplias mangas de su túnica ceremonial.
—Lo escucho, Alfa —expuso—. Estoy completamente a su disposición.
Asherad respiró hondo antes de comenzar. Se detuvo unos instantes, con la mirada en uno de los símbolos tallados en la pared de piedra, como si necesitara aferrarse a algo sólido antes de ordenar sus pensamientos.
—Como sabe, he contraído matrimonio hace aproximadamente un año —empezó a decir—. Desde el inicio supe que no se trataba de una unión nacida del afecto ni del destino. La loba con la que me casé no era más que la hija del Beta, una elección impuesta por conveniencia y por tradición. Desde que éramos unos cachorros, se había establecido que ella sería mi esposa. Jamás he sentido por ella un vínculo emocional. Nunca existió una conexión real, ni un lazo que atrajera mi espíritu hacia el suyo. Cumplí con mis deberes como Alfa, pero nada más.
Entonces, su voz cambió levemente. No se quebró, pero adquirió una densidad d