C100: SE LO JURO.
Ser la amante oficial del Alfa no era un asunto menor ni una decisión que pudiera tomarse a la ligera. No se trataba de un simple capricho ni de un rol vacío de significado. Si bien la posición de Luna siempre ocupaba el lugar más alto entre las mujeres del Clan —un puesto ligado al linaje, a la educación y a las obligaciones políticas—, el lugar de amante del Alfa poseía un peso más íntimo.
Convertirse en su amante era, para muchos, incluso un honor. No porque estuviera por encima de la Luna, sino porque implicaba elección. Nadie imponía esa decisión al Alfa. No era una norma, ni una tradición obligatoria, ni una alianza conveniente.
Era deseo, era afinidad, era voluntad propia. Si el Alfa escogía a una hembra como su amante, significaba que había visto algo especial en ella: tal vez belleza, tal vez fortaleza, tal vez una luz particular que lo atraía, o simplemente una paz que no encontraba en ningún otro lugar.
El Alfa podía tener amantes, incluso podía elegir a su propia mate como