Mary cogió una flor violeta y la olió. De repente, dejó caer la flor y tocó un hilo de sangre que caía en cascada por su elegante cuello. —Me siento como si estuviera flotando en las nubes. —Mary levitó—. Adiós, mi lobo.
El olor metálico de su sangre le recordó su mordisco. ¿La había drenado? —¡Mary, no me dejes! —aulló de dolor.
Volvió a sus cabales. Una alucinación.
Ya no estaba en el bosque donde había nacido; estaba de nuevo en la cueva, con Mary y con una ventisca aullante afuera. Con el s