La emoción seguía flotando en el aire.
Nadie quería que aquella noche terminara.
Las estrellas brillaban sobre la colina.
Las luces doradas iluminaban los senderos.
Y el anillo en la mano de Esmeralda parecía capturar toda la luz del universo.
Pero para ella, nada brillaba más que la sonrisa de Emilio.
Aquella sonrisa que pocas personas conocían.
La sonrisa del hombre que había bajado todas sus defensas únicamente por ella.
—¿Ya terminaste de llorar? —preguntó Emilio suavemente.
Esmeralda soltó