65. Nada más fuerte que ambos juntos
Es una confesión.
Sus manos, con la misma suavidad de la que ya está acostumbrada, siguen tocando su rostro y no hay otro lugar en el mundo al que quiere pertenecer.
Los brazos de Giancarlo son su lugar en el mundo; no quiere otro.
Luego de besarlo y de sonreír como una tonta por sus palabras, Angelina se humedece los labios.
—Yo creo…—comienza despacio—, que debería que irme. Hay trabajo que hacer…
—¿Sí? —Giancarlo ladea el rostro con la intención de verla un poco más, en realidad, de admir