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La estación orbital Refugio no moría en silencio. Gemía, aullaba, suplicaba con cada viga que se retorcía y cada panel que explotaba en cascadas de chispas que flotaban en la gravedad artificial fallante como luciérnagas de metal incandescente. Alexei Konstantin corría por el corredor Sigma-7 con la precisión de un hombre que había calculado exactamente cuántos segundos le quedaban antes de que la física convirtiera su deci

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