La sala de exposición del Reyes Hall olía a dinero viejo, puros cubanos e hipocresía. Debajo de un candelabro de cristal gigante, cincuenta de las personas más poderosas de México (banqueros, políticos corruptos y magnates de los medios) estaban sentados en sillas cubiertas de terciopelo, esperando con impaciencia arrogante. No vinieron a disfrutar de la música; Vinieron a ver si valía la pena comprar la última inversión de Lucyano Reyes o simplemente basura envuelta en papel dorado.
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