— ¡Espera, suéltenme, suéltenme! ¡Oye! ¡¿se han vuelto locas?! ¡Qué me sueltes, carajo!
Carlotta iba gritando y forcejeando por el pasillo de la mansión, a penas, con la camiseta puesta y en bragas.
El cabello parecía un nido de pájaros y afortunadamente, había sido limpiada por Fabio, si no más vergüenza todavía andar con restos blancos sospechosos por todos lados.
No importa cuando pataleó y maldijo, la sacaron a rastras entre dos fornidas doncellas, una de cada brazo, y fue arrojada como