La ciudad estaba inquieta esa noche. Un aire denso flotaba sobre las calles iluminadas por luces de neón, como si presintieran que algo importante estaba a punto de suceder. Desde su oficina en lo alto de un edificio con ventanales panorámicos, Isadora observaba cómo la lluvia comenzaba a caer, dibujando surcos sobre el vidrio.
—Ya comenzaron a moverse —informó Nala, entrando con un expediente grueso bajo el brazo—. Damián y Amara están en el club privado Argenta. Han reservado el salón más ai