La casa de Bonifacio era un caos. Los sirvientes ya no estaban y el eco de los objetos valiosos resonaba mientras eran metidos en el carro. Joyas, reliquias familiares, cualquier cosa que pudieran vender era arrojada a toda prisa dentro del baúl del vehículo. Las mujeres, entre sollozos, intentaban contener sus lágrimas, mientras se despedían de todo lo que conocían.
Bonifacio se encontraba intranquilo dentro del carro, al ver que las mujeres no entraban en él, les gritó.
—Vamos, es hora de part