Kereem.
Recosté mi cabeza en el asiento y tiré los papeles que tenía en la mano. Entonces desajusté mi corbata y solté el aire.
Cada día que pasaba, era como una pérdida para mí. Cada día era una tortura, y estaba llegando al punto en que no podía soportarme a mí mismo. Cerré los ojos y recordé la conversación de días anteriores con Sanem, y luego negué.
—¿De qué estás hablando?
—Es nuestra última oportunidad…
Recordé cómo tiré la silla, cuando la sangre se me calentó y aceleró al mismo tiempo