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Aquella idea me hacía sufrir enormemente. El no escucharlo, el no saber dónde estaba me aterraba. Aunque eso no significaba que estuviese muerto, la idea no me abandonaba. “¿John?”, susurraba en medio de la nada, sentada junto a la puerta abrazando mis piernas, inundada en un llanto desesperado. “Está muerto”. Mi ángel dorado, el adonis de mis sueños, el hombre del que me había enamorado, el que tantas veces me hizo esta

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