Las tribunas estaban repletas cuando entré a la cancha para enfrentar a la galesa Nancy Harrigan. Los hinchas me aplaudían, gritaban puestos de pie, me tomaban fotos y yo les reía, campaneando mi faldita y eso desataba aún más euforia. Los reporteros gráficos tomaban fotos de mis meneos y la manera que les juntaba los dientes, lanzaba mis pelos y alzaba mis hombros sensual y coqueta.
--The queen of Wimbledon exuding glamor and coquetry, ladies and gentlemen-, decían. Me arrepentía, a gritos,