Juego Prohibido con el Capitan de Hockey
Juego Prohibido con el Capitan de Hockey
Por: Katty
1

POV: CLAIRE HALANG

La pantalla de mi teléfono iluminaba con El mensaje de texto de la administración del Hospital Central

—No puede ser —susurré, apretando el aparato contra mi mano temblorosa.

*«Saldo pendiente. Cancele la factura mensual antes del fin de mes o el tratamiento del paciente Arthur Halang será suspendido inmediatamente»*.

—Si lo desconectan, se muere —murmuré para mí misma.

Un frío glacial me recorrió la espalda.

Mi padre no sobreviviría veinticuatro horas sin el respirador artificial.

El accidente automovilístico de hacía 6 meses meses lo había dejado en un estado vegetativo crítico.

Mi madrastra, Helena, se había desentendido por completo del asunto tras vaciar las cuentas bancarias de mi padre.

Ahora, a mis veinte años, yo cargaba sola con el peso de la carrera de Diseño y dos trabajos extenuantes.

Necesitaba un refugio. Alguien que me dijera que todo saldría bien, aunque fuera una mentira piadosa.

Crucé el campus universitario a toda prisa, esquivando a los estudiantes que caminaban hacia las primeras clases de la mañana.

Mi destino era el edificio residencial de los hombres, específicamente la habitación de la única persona en la que confiaba.

Brian.

Mi novio desde hacía dos años.

El chico que prometió estar a mi lado cuando mi mundo se vino abajo.

Subí los escalones de tres a tres, con el corazón golpeándome las costillas.

No me molesté en tocar la puerta. Tenía una copia de la llave, pero la cerradura estaba sin pasar.

Empujé el pomo con desesperación, buscando sus brazos.

La escena que me recibió congeló la sangre en mis venas.

El aire de la habitación apestaba a sudor y a un perfume costoso que reconocí al instante.

Sobre la cama desordenada, dos cuerpos se movían con frenesí.

—¿Qué demonios está pasando aquí? —grité.

El movimiento sobre la cama se detuvo en seco. Brian se giró bruscamente, con los ojos desorbitados y la respiración entrecortada.

A su lado, una cabellera rubia se sacudió. Anastasia, mi hermanastra, sonrió desde las sábanas.

—¡Claire! —exclamó Brian, palideciendo al instante—. No es lo que tú crees, te lo juro.

—¿Cómo que no es lo que creo? —di un paso al frente, con los puños cerrados—. Te estás follando a mi hermana, pedazo de imbécil.

Brian se bajó de la cama a trompicones, intentando subirse los pantalones con torpeza.

—Déjame explicarte, por favor —suplicó él, extendiendo las manos—. Hablemos cinco minutos.

—No quiero hablar contigo, eres un asqueroso —escupí.

A mi derecha había una mesa de noche de madera. Sobre ella, un jarrón de cerámica. Sin pensarlo, lo tomé y lo lancé con todas sus fuerzas directamente hacia la cabeza de Brian.

Brian esquivó el objeto por los pelos. El jarrón impactó contra la pared del fondo, estallando en mil pedazos que llovieron sobre el suelo.

—¿Qué m****a te pasa? —gritó Anastasia, recuperando la postura y cubriéndose el pecho con la manta—. Estás completamente desquiciada.

La señalé con el dedo índice, sosteniéndole la mirada con puro fuego en los ojos.

—¿Qué me pasa? Me pasa que eres una puta que se acostó con mi novio. O bueno, mi maldito exnovio.

Anastasia soltó una carcajada estridente, acomodándose contra las almohadas

—Por favor, Claire. Mírate —dijo Anastasia con desprecio—. Eres una pobretona aburrida. Dabas lástima. Brian necesitaba a una mujer de verdad, no a una muerta de hambre que solo sabe llorar por su padre enfermo

—Maldita zorra! Anastasia —le grité, con la mandíbula apretada—. ¡Tu madre robó el dinero de mi papá! .

—Y lo gastamos bien —se burló ella, —. Mi mamá me compró un bolso de diseñador ayer con ese fondo. Tu papá ya es un vegetal, querida. ¿Para qué desperdiciar dinero en un muerto? Brian merece a alguien que pueda salir de compras, no a una esclava con dos trabajos.

—¡Cállate, Anastasia! —le ordenó Brian, girándose hacia ella

—¿Por qué me voy a callar? —replicó ella—. Es la verdad y ella lo sabe.

Brian volvió a dar un paso hacia mí, intentando tocarme el brazo para retenerme

—Claire, escúchame. Fue un error. Estaba borracho.

—No me toques —lo empujé del pecho con tanta fuerza que lo hice retroceder dos pasos—. Aléjate de mí.

La culpa en el rostro de Brian se transformó rápidamente en resentimiento y despecho

—¿Sabes qué? Vete al diablo —me gritó Brian, mostrando su verdadera naturaleza—. Eres una zorra orgullosa. Si me dejas, nadie más va a querer estar contigo.

Me quedé inmóvil, escuchando los insultos.

—¿No te has visto en un espejo? —continuó Brian, ensañándose—. Eres una muerta de hambre que vive de una beca miserable. Nadie en esta universidad se va a interesar en alguien tan insignificante como tú. No tienes nada que ofrecer.

No le di el gusto de verme llorar.

Me tragué el nudo de la garganta, di media vuelta y salí de la habitación.

Dio un portazo tan fuerte que toda la pared pareció vibrar. Corrí por el pasillo del edificio residencial, ignorando las miradas de los pocos estudiantes que andaban por ahí.

Mi mente era un caos. Quería desaparecer, correr a un bar, beber hasta olvidar el nombre de Brian.

Pero Me detuve bajo el arco del edificio y miré el reloj de pulsera. Las nueve de la mañana en punto.

—Mierda —susurré, limpiándome con furia las lágrimas rebeldes que amenazaban con empañar mi visión.

No tenía tiempo para colapsar.

El turno en la cafetería del campus empezaba exactamente en cinco minutos.

Si llegaba tarde, el gerente no dudaría en despedirme, y perder ese empleo significaba la muerte segura de mi padre.

Corrí por los senderos de piedra, Entré por la puerta trasera del local, me coloqué el delantal verde reglamentario a toda prisa y me amarré el cabello en una coleta alta.

Salió al mostrador principal intentando regular mi respiración.

Frente a la caja registradora, esperando de pie, se encontraba un cliente.

Maddox. El capitán del equipo de hockey y el idiota más egocéntrico y mujeriego del campus.

El chico vestía su chaqueta deportiva del equipo, que acentuaba su imponente porte físico. Tenía la mirada fija en el menú, mostrando esa clásica indiferencia fría que lo caracterizaba.

Maddox me miró de arriba abajo con una soberbia implacable cuando me coloqué detrás de la caja.

—Un café americano cargado, para llevar —pidió Maddox con voz grave, dejando un billete sobre el mostrador sin molestarse en mirarme a los ojos—. Y que sea rápido, por favor.

Tomé el billete, sintiendo su arrogancia y Me giré hacia la máquina de café espresso, dándole la espalda al mostrador.

Mis manos temblaban tanto que el metal del portafiltros tintineó contra la bandeja de goteo.

El vapor subió en una ráfaga caliente, empañándome la vista, pero nada lograba disipar la imagen de Anastasia y Brian en aquella cama.

—Imbécil —murmuré entre dientes, aplastando el café molido con demasiada fuerza—. Maldito imbécil.

El zumbido de la máquina no bastó para ahogar mi frustración en el local semivacío.

—Espero que no estés hablando de mí, preciosa —soltó una voz grave a mis espaldas.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP