—Koíta mamá—dijo la voz de una pequeña. Su cabello era castaño y ondulado, tenía unos preciosos ojos marrones y su piel lucia un hermoso bronceado, prueba de que vivía en una hermosa zona cerca de una playa a las orillas de Creta, Grecia.
Estaba muy interesada en comer un cono de helado de fresa que le había visto a un niño a lo lejos y es que si de algo se conocía el helado griego, era por su exceso de azúcar que a los niños les fascinaba y los volvía adictos a su sabor.
—Thélo—dijo haciendo