Terminamos las compras y regresamos a la finca. Melissa me ayudó con las bolsas y entramos a casa llamando a mis padres. Estábamos colocando las bolsas sobre la encimera cuando Pedro salió corriendo y lo escuché gritar:
— ¡Alessando! ¡Viniste!
— Claro que vine, amiguito, ¡te extrañaba muchísimo! —escuché la voz de Alessandro y mis rodillas se debilitaron.
Cuando me giré los dos estaban en un abrazo apretado, mi madre con una sonrisa enorme, mi padre con cara de asombro y Melissa boquiabierta