Escuché a mi jefe llamarme y me giré pensando que iba a asignarme más trabajo.
—¿Sí, Sr. Melléndez?
—Cierra la puerta, por favor, y ven aquí.
Cerré la puerta, volví y me coloqué frente a él que estaba sentado en ese mismo sofá que me recordaba cosas insanas.
Alessandro tenía una postura algo desolada, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza baja. Tuve ganas de pasar las manos por su cabello y decirle que todo estaría bien, pero no lo hice.
Todas las veces que él me tocaba me saca