Inicio / Romance / JUEGOS PERVERSOS. La reina que mereces / CAPÍTULO 7. La definición de poder
CAPÍTULO 7. La definición de poder

——*—— JOANNE ——*——

¿Existe un hombre más invasivo que este? ¿Por qué todo lo tiene que decir a dos centímetros de mi cara y con esa voz moja bragas que…?

—Si es que no se puede ser más idiota —escupo—. ¡No tengo cómo conseguir otro equipo en veinticuatro horas, y te acabo de decir que el sistema de seguridad de tu estación lo bloquearía! ¡Eso no es un trato, es chantaje!

Y ahí va esa sonrisa descarada que dan ganas de borrársela de un tortazo… ¡con toda la mano abierta!

—Pues tú puedes llamarlo como quieras, bizcochito, pero más o menos vas entendiendo la definición de poder, ¿verdad? Al final es un ganar – ganar ¿no crees?

—¡No, no lo creo! Tú eres el único que gana. ¡Y yo hago esto bajo coacción!

—¡Pero lo vas a hacer! Vas venir todos los días después de clases para trabajar en tu proyecto y además darme las tutorías. Te vas a convertir en una linda graduada y yo voy a tener el… placer de llevarte a tu primera fiesta de fraternidad.

—Y ya que voy a estar aquí ¿no quieres que te lave los calzones también? —respondo con un tonito irónico y él se acerca lentamente, mirándome desde arriba porque es un maldito gigante a mi lado.

Respira sobre mí. ¡Maldición, ¿por qué tiene que estar tan pegado?!

—Con mis calzones tú puedes hacer lo que quieras, bizcochito… hasta quitármelos —me dice mientras empieza a quitarse la camiseta y yo siento que me tragaré la lengua de la impresión.

—¡¿Qué haces?! —escandalizo pero Hawk ni siquiera se inmuta—. ¡¿Crees que tienes derecho a pasearte delante de mí…?!

—Seco —replica—. Porque tú estás empapada y te restregaste tanto conmigo que… —Abre los brazos y todo lo que veo es ese abdomen marcado, húmedo, bronceado…—. No me molesta que me toquetees, bizcochito, pero no me quiero enfermar —murmura mientras cruza una de las puertas y vuelve con una toalla—. Y tú no deberías enfermarte tampoco porque entonces tendré que meterte en mi cama para… ya sabes… cuidarte.

—¡Eres un…!

—El baño está por ahí —señala otra puerta.

—Gracias —rezongo, escapando hacia ella con mi mejor actitud de ofendida.

Abro la ducha y trato de ponerme en perspectiva: ¡odio a este tipo! Sí, eso… lo odio porque todo lo que sale de su boca es coqueto. ¡Por eso! ¡Y porque me va a dejar bizca si sigo tratando de “no mirar” sus abdominales!

—¡Maldición, báñate, báñate! —trato de concentrarme y dejo que el agua caliente caiga sobre mi cabeza.

El baño se llena de vapor en un segundo, pero cuando salgo…

—¿Y mi ropa? —Tres… dos… uno… y empiezo a hiperventilar—. ¡Haaaaaawk! ¡¿Te llevaste mi ropa?!

Y en respuesta la puerta se abre y entra ese antebrazo sosteniendo ropa limpia… ¡y suya!

—Bizcochito, me encantaría verte desnuda, pero no quiero que te dé un ictus antes de que pueda meterte en mi cama, así que ten, vístete.

—¡Eres un…!

—¡Oferta retirada!

—¡No, espera, dámela! —Casi le arranco la ropa de las manos y solo después de vestirme a la carrera, me doy cuenta de que es uno de sus uniformes del equipo.

Por supuesto que me queda gigante y ahora tengo su número y su apellido en toda la espalda. Pero el verdadero peligro está en el olor —su olor—, que es… intoxicante.

—¡Lo odias, Joanne, lo odias! —me repito entre dientes y salgo del baño para encontrarlo también bañado, cambiado y abriendo una caja de pizza.

—¿No tenías otra cosa que no fuera una declaración de propiedad? —protesto—. ¿Y cuándo te metiste en…?

Un trozo de pizza entra directo en mi boca, callándome. Y un segundo después me levanta por las caderas y me sienta en una banqueta alta de la barra, metiéndose entre mis piernas.

—Mejor come, bizcochito —murmura mordiendo un trozo y yo no sé si mastico, respiro o me ahogo mientras lo veo chupar sus dedos.

Es un puto gesto de mala educación, ¿por qué no puedo dejar de mirarlo?

—Abre la boca.

—¡No voy a…!

Pero aquí viene otro pedazo de pizza a callarme mientras él parece demasiado cómodo con mis piernas a cada lado de su cintura. Esto no debería estar pasando… ¿por qué no me aparto?

—Está buena, ¿verdad?

—¡Quítate! —gruño empujándolo lejos de mí antes de que esto se ponga más raro.

Y al final no sé cómo, pero las luces se ven distintas desde el piso veintiséis y cuando me doy cuenta ya se ha hecho de noche.

—¡Joder, me tengo que ir! —exclamo empujándolo para bajarme.

—O podrías quedarte.

—¡Claro que sí! —respondo como si la idea me emocionara—. Tendríamos una noche de sexo salvaje, y mañana llegaríamos al campus en tu moto delante de todos y anunciarías públicamente que te casarás conmigo. ¡Todas esas cosas tienen las mismas probabilidades de pasar!

—No deberías subestimarme —murmura mientras camina hacia mí y se inclina tan cerca, tan cerca…

Paso saliva, acorralada, pero solo veo cómo levanta las llaves que agarró de la mesa detrás de mí. ¡Idiota!

—Vamos, te llevo.

—¡Puedo irme en autobús! —replico y se tensa como si lo hubiera ofendido.

—Bizcochito, no te confundas, yo me tiro todo lo que me pasa por delante, pero jamás una mujer bajo mi guardia va a viajar en autobús.

Alcanzo mi mochila y entonces me doy cuenta.

—Mi ropa…

—Todavía se está secando. Llévate la mía.

Me armo de paciencia y lo sigo al estacionamiento. No hay moto esta vez, sino un deportivo azul, y el camino hacia el campus se me hace corto. Mi primer instinto es bajar corriendo antes de que alguien me vea, pero mientras varias cabezas se giran hacia mí de camino a la residencia, me doy cuenta de que es inútil tratar de ocultarlo.

¡Y esa es mi nueva realidad! Lo sé porque apenas llego mi compañera de cuarto me asalta con las noticias.

—¡Toooooodo el mundo está hablando de ustedes! —exclama Mara—. ¡Hawk dejó tirado el entrenamiento para ir detrás de ti! ¡Se fueron juntos en su moto! ¡Hay videos por todos lados!

Y de pronto me mira de arriba abajo.

—¡Mierd@! Traes puesta su ropa. ¿Te lo tiraste?

—¡Claro que no! —le grito y me tapo la cara con una almohada, tratando de dormir, de olvidarlo, pero no es tan simple, porque al día siguiente en medio de una de las clases, la asistente del decano interrumpe.

—¡Joanne Sachs! Acompáñame por favor.

—¿Hay algún problema? —pregunto, y las palabras que salen de su boca me destrozan: 

—Sí, hemos recibido ciertas acusaciones contra usted... por una relación indebida con un profesor.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP