Alessandro me recogió con impresionante facilidad. Conmigo en brazos cruzó la habitación, subió las escaleras y cruzó el pasillo, deteniéndose frente a la puerta del dormitorio principal de la casa.
- ¿Puedes abrirme la puerta, mi ángel? Por favor. –preguntó Alessandro.
Extendí la mano y giré la manija, empujando la puerta para abrirla. Alessandro me acompañó hasta la habitación y me colocó suavemente en el suelo, volviendo a cerrar la puerta detrás de nosotros.
La habitación era enorme, había