Miré fijamente esos ojos verdes
—No me vas a ganar—susurré.
Pero me seguía mirando fijamente.
Esa nariz chata y húmeda, sus colmillos les sobre salían y sus bigotes apenas se movían al compaz de su respiración.
—Jaz—me llamó Gabriel—¿Qué haces?
—Sh—le señalé un momento con las manos.
Gabo entonces parpadeó.
—Ja—lo señalé—, le gané.
Gabriel se rio con fuerza, caminó hacia nosotros con una bandeja contundente de desayuno.
—Mi amor, deja al pobre Gabo fuera de tus competencias.
—¿Po qué? —hice un