No pude esperar más. Patee la puerta de madera con toda la fuerza de mi hombro, haciendo que cediera hacia adentro.
—¡BAJA EL ARMA, MICHELLE! —rugí, entrando en la cabaña con mi pistola apuntando directamente al pecho de mi hermano.
El tiempo pareció detenerse. Michelle se giró lentamente, con una sonrisa cínica dibujada en sus labios. Cloe estaba desplomada en la silla, con el rostro desencajado por el dolor de las contracciones que venían una tras otra.
—Dominic. Tenía que ser tú. Siempre el