Valentín volvió a tomarme con suavidad de la cintura, mientras con la otra mano arrastraba mi maleta. La gente inclinaba la cabeza levemente a nuestro paso y aunque ansiaba preguntarle a Valentín sobre aquello, preferí esperar. Cuando las puertas del ascensor se volvieron a cerrar frente a nosotros, Valentín colocó la mano en la plataforma de metal.
—Al ático —ordenó sin más y el ascensor se puso de nuevo en movimiento.
—¿Eres algo así como el jefe? —le pregunté con curiosidad, realmente no sabía nada de Valentín. Nada de nada. Y él lo sabía algo así como casi todo de mí. Casi.
—Algo así —afirmó con una sonrisa, sin darme más información.
—Fabuloso, justo lo que necesitaba era otro alfa —gruñí bufando por lo bajo y Valentín dejó escapar una pequeña carcajada divertida.
—Bienvenida —dijo Valentín saliendo del ascensor y entrando en una gran sala con enormes ventanas tintadas. Grandes sofás de piel blanca y mobiliario de líneas rectas de color negro lacado que se alternaban con metal pu