Final
El corazón del siciliano latía con tanta fuerza que le era imposible respirar con normalidad. Jane estaba tirada en el suelo, mientras que un cuchillo en su estomago comenzaba a quitarle la vida poco a poco.
—¡Mierda! ¡Mierda! ¿Cómo pasó esto? ¡Llama a mis hombres! ¡Maldito, Zeus! ¡Hijo de perra!
El pelinegro rodeó sus brazos a la altura de la cintura de la mujer que amaba, las lagrimas que se deslizaban por sus mejillas humedecieron a la velocidad de la luz la camisa blanca que llevaba p