XXXIV

—Ay —me quejé cuando terminó de de darme un punto a la brecha que Denix había provocado en mi cabeza al empujarme contra la pared. Miles había venido a por mí quince minutos tras mis llamadas y, a pesar de haberme encontrado hecha un mar de lágrimas, no le había hecho falta preguntar de quién era la culpa de mi estado en esos momentos, llevándome a casa manteniendo la mandíbula tensa durante todo el viaje y las

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