XVII.

Después de un viaje en el que Miles se mantuvo maldiciendo y recordándome el imán para problemas que era, llegamos al piso. Me ayudó a salir del coche, esta vez caminé por mí misma y entré en el ascensor.

—Tengo cremas idóneas para este tipo de golpes, creo que deberías echártelas —pronunció Miles cuando salimos del ascensor y mientras mi ceño se mantenía fruncido debido al dolor que aún sentía, asentí con la cabeza y caminamos hasta su puerta. Entramos en su apartamento y encendió la luz a la vez que yo me quedaba parada en la entrada—. Ve al salón. —Señaló con el brazo a su izquierda. —Ahora traigo las mierdas que necesitas. —Desapareció de mi vista mientras yo fui a duras penas donde me había dicho que se encontraba el salón y me senté en el sofá, quejándome en un susurro cuando flexioné el abdomen y este me dolió aún más. Observé como Miles caminó hasta mí con una crema en sus manos mientras leía el prospecto de esta y se sentó a mi lado para después suspirar. —No sé cuántos años
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