Esa noche, mientras atendía mesas, vi a mi abuela caminando hacia la oficina con un cliente. Estaba un poco preocupado, lo que no pasaría si fuera mi madre. Por cierto, cuánto echaba de menos a Candy Smith. Hizo que me doliera el pecho.
La curiosidad se rompió, fui a la oficina y llamé a la puerta. Pronto ella me contestó y vi al hombre sentado en la mesa, frente a ella.
“¿Liah?
— Vine a unirme a la conversación — Estaba firme, entrando y cerrando la puerta.
Observé al apuesto y afable hombre a