El alma se me partió y ya no solo me dolió el cuerpo. El señor Philips no se interesó por mí, no le importó calentarme, solo se fijó en su placer y me rompió. Lo permití, nunca dije que no, no fue forzado, no me obligó, y la verdad, de no ser por esa llamada, no me hubiese importado continuar. Mi mente estaba extasiada. Él me gustaba de verdad, estaba enamorada y, después de todo, estaba acostumbrada al dolor, en especial al dolor que no es provocado por la violencia física, así que, simplement