Emi abrazó a Alexander y lo tomó por el brazo que le ofrecía de forma tan galante.
—Si no supiera que amas a Emi como a una hermana—dijo Kor —perderías ese brazo.
—Si compitiéramos, quizás ella me escogería.
—De verdad eres hermoso, Alexander, evidentemente, tienes éxito con las mujeres.
—Tengo mi popularidad, sí.
—Pero mi corazón es de tu hermano, así que, si te pones muy coqueto, seré yo quien te corte el brazo.
Alexander se separó de ella y sonrió como niño en la mañana de Navidad.
—Una muje