Samia sentía como si llevara un peso de plomo en el pecho, tan pesado que apenas le permitía respirar. La respuesta era evidente. El heredero de una familia influyente lo conseguía todo sin esfuerzo; ella, en cambio, sabía que cualquier cosa que recibiera de él vendría siempre acompañada de condiciones. Él no necesitaba abrirse camino ni enfrentarse a lo desconocido. Si lo pensaba con frialdad, Killian era en muchos aspectos un partido inmejorable. Pero Samia sabía que aquello lo había dicho al