Diez de la mañana, consulta del psicólogo. Magnus lamentó haber dejado marcas en el impecable piso con su silla de ruedas. Era un crimen mancillar tan reluciente superficie, donde incluso podía ver su reflejo en la brillante cerámica.
El psicólogo le dio una muy grata primera impresión. Su rostro, perfectamente rasurado, denotaba una calma envidiable. Ningún cabello sobresalía de su peinado ni arrugas había en su camisa. Se sentó frente a Magnus, con su libreta de notas y una pierna sobre la ot