La primera vez que Bea sintió algo parecido a las mariposas en el estómago fue a los trece años. Don Álvaro Grandón, el jefe de su madre, la había autorizado para usar la piscina una tarde de verano.
Como no tenía traje de baño, se sentó en la orilla y sumergió sólo las piernas.
—Hola, Bea. Ven a nadar conmigo.
Ale avanzaba por entre las aguas turquesas, con la agilidad del mejor nadador. A ojos de Bea, su imagen era tan fascinante como ver una sirena.
—No sé nadar —dijo, completamente conscien