La figura que se materializaba frente a mí, bajo la luz mortecina de la terraza, no era otra que la de Leonardo Cavalli.
El magnate italiano que, semanas atrás, había intentado usar su poder financiero para acorralarme. El mismo que había condicionado la inversión en las navieras de mi holding a que yo me entregara a él en su suite presidencial, obligando a Cristian a intervenir en la junta directiva para salvarme tras mi rotundo rechazo. Verlo allí, luciendo un traje a medida impecable, con su