Zamira
El peso de la corona nunca se había sentido tan asfixiante sobre mis sienes, porque esta vez no estaba hecha del oro macizo de mis herencias, sino de los pedazos afilados y sangrientos de mi propio corazón. Cada respiración me costaba un esfuerzo sobrehumano, como si el aire de la ciudad se hubiera vuelto de plomo tras descubrir la verdad.
Caminé por los pasillos interminables de la terminal internacional del aeropuer