El contraataque fue silencioso, quirúrgico y devastador. No necesité gritar más, ni romper otros cristales, ni rebajarme a su nivel en un callejón oscuro. Utilicé el cerebro y el dinero de mis cuentas privadas.
La noche anterior, luego de que la tormenta de gritos y reproches amainara en nuestra sala, Cristian y yo nos habíamos plantado frente a frente en mi despacho. El fuego de mi ira se había topado con la desesperación genuina de sus ojos azul zafiro, jurándome por su vida que no había toca