El expediente azul de Leonardo Cavalli descansaba sobre el escritorio de vidrio blanco de mi oficina como una declaración de guerra silenciosa. Me pasé los dedos por las sienes, sintiendo el latido rítmico de la jaqueca que me acosaba desde la desastrosa junta con Bruno. Tenía menos de tres semanas para arrebatarle el pez gordo a Cristian, y el magnate italiano no era un hombre fácil de contactar; su agenda estaba blindada por un ejército de asistentes y su lealtad comercial ya parecía inclinar