Me solté de su agarre con un movimiento brusco, usando el último rastro de dignidad que me quedaba para dar un paso atrás y romper el magnetismo peligroso que nos unía. El aire regresó a mis pulmones, frío y cortante. Lo miré fijamente, sosteniendo mi postura de hielo a pesar de que por dentro mi corazón seguía latiendo a un ritmo frenético, protestando por la distancia.
—Es demasiado tarde para eso, Cristian. Años demasiado tarde —le dije, con una voz tan firme y gélida que pareció congelar la