La boda

POV Isabella

Todo es tal cual pensé que sería.

Impecable, elegante, frío.

A mí alrededor solo veo a hombres poderosos, hombres en cuyas billeteras hay más dinero de lo que jamás podré ver en mi vida entera y mujeres hermosamente elegantes, jóvenes casaderas tristes por haber perdido a uno de los hombres más codiciado de la ciudad y madres que solo me ven con resentimiento por haberles quitado la oportunidad a sus queridas hijas de pertenecer a la poderosa familia Blackwell.

Si tan solo todas estás personas supieran que esto solo durará por un año me evitaría más de una mala mirada.

Aún así, Sebastián ha cumplido con lo que dijo que haría.

Apenas me desperté el asistente de él llegó con un vestido y dos personas que se encargarían del maquillaje y peinado. Nada más terminar me trasladaron al registro civil donde Sebastián ya estaba esperando con un elegante traje negro.

Todo fue rápido.

Muy rápido e impersonal. Cómo una transición bancaria.

Ahora, dos hora después de firmar los documentos que nos hacen marido y mujer, me encuentro en una pequeña recepción ofrecida dentro de la mansión Blackwell donde solo puedo sonreír y recibir felicitaciones falsas de parte de personas que no conozco.

De la familia Blackwell solo ha asistido Claudia quien ha estado ignorándome deliberadamente y se lo agradezco.

No quiero ni creo poder soportar algo más de ella por hoy.

Mientras camino sin rumbo por los jardines de la mansión donde se está celebrado la recepción al aire libre no puedo dejar de escuchar los murmullos a mi alrededor.

- Es ella…

- Pensé que…

- No sabía que había vuelto…

- Pero ella no es…

Todos parecen sorprendidos.

Al principio no parecieron reconocerme y no me había importado pero ahora que parecen darse cuenta quien soy realmente me molesta la excesiva atención que estoy recibiendo a pesar de que estoy en mi propia boda.

Hace diez años yo solo era una chica huérfana, sin familia, sin nadie a quien recurrir y fue allí cuando Julián Blackwell me trajo a vivir a su mansión, me hizo creer que podría formar parte de su familia aunque su hija nunca lo permitió.

Recuerdo perfectamente el día en que cruce la puerta de la mansión Blackwell por primera vez.

La extraña mezcla de seguridad e incertidumbre que sentí.

Mi abuelo, quien me había cuidado desde pequeña luego de que mis padres murieran tras un accidente de tránsito me había dejado a cargo de Julián Blackwell, su antiguo amigo de la infancia que nada más llegar al hospital donde mi abuelo estaba internado se hizo cargo de todo.

Su figura imponente, sus rasgos, la preocupación que mostró por mi abuelo enfermo me hizo saber porque para mi abuelo él era el indicado para cuidar de mi.

Él simplemente llegó y se hizo cargo de todo.

Cuando mi abuelo por fin falleció ya Julián tenía todo preparado para que viniese a vivir con él.

Yo solamente era una adolescente de dieciséis años, aún me faltaba un año para poder salir de la preparatoria pero aún así él hizo todos los arreglos para que yo pudiese entrar a la mejor escuela de la ciudad.

- A partir de ahora está será tu casa, Isabella - dijo cuando entre con él a la mansión por primera vez.

Casa.

Para mí fue extraño que alguien que no conociese se ofreciese a darme un hogar pero no me negué. Confíe en mi abuelo.

El lugar era increíble, reluciente.

Apenas vi la mansión quedé completamente maravillada.

Me sentía como en un cuento de hadas, todo me parecía increíble hasta que la vi a ella.

Claudia Blackwell.

La única hija de Julián Blackwell.

La mirada de Claudia me recorrió de arriba a abajo sin disimular su molestia, era una mirada que me dejaba saber que no éramos iguales, que yo solo era una chica pobre que solo estaba allí para ensuciar las impecables alfombras por donde ella pisada.

Ese simple gesto me dijo todo lo que tenía que saber.

A pesar de mi edad y mi duelo entendí que para ella yo no era bienvenida.

- ¿Quien es ella, padre? – pregunto deteniéndose frente a nosotros.

- Ella es Isabella, a partir de ahora vivirá con nosotros. Será parte de esta familia – dijo Julián sin dudar.

El silencio que siguió a esa declaración fue incómodo para mí.

Julián pareció no darse cuenta o simplemente decidió ignorar la molestia de su hija.

A pesar de todo, durante los siguientes cinco años Julián me trató como eso, como parte de su familia.

Me ayudó a terminar mis estudios, me ayudó a entrar en una buena universidad.

A pesar de la indiferencia de su hija él me ayudó y me trató con mucho cariño. Para mí todo iba bien hasta que él regreso.

Sebastián Blackwell.

El día en que lo vi por primera vez entendí que no solo bastante con que Julián me aceptara.

La familia Blackwell no era solo un nombre, era un apellido entero, una dinastía que ya tenía a su siguiente sucesor y que por mucho que yo quisiera pertenecer a ellos no lo iba a lograr nunca.

Para la sociedad yo solo era una intrusa.

Y a pesar de todo eso no pude evitarlo.

- Así que tú eres Isabella – dijo cuando nos encontramos por primera vez.

Para ese entonces yo ya estaba en mi segundo año de la universidad mientras él ya estaba en su maestría.

Sebastián siempre fue un joven inteligente, el orgullo de la familia, graduado con honores, de buenos modales. Todo un hombre importante con un camino por delante.

Cuando nos vimos por primera vez me hizo recordar a su madre, la misma mirada fría, distante, pero aún así no pude evitar sonreírle. Julián siempre me hablaba de él y aunque nunca antes lo había visto ya sentía que lo conocía.

Un murmullo alto me devuelve a la realidad.

Las risas disimuladas abundan a mi alrededor mientras las miradas hostiles no cesan de llegarme.

A pesar de que intento aparentar serenidad no logro sentirme tranquila.

Estoy recibiendo las mismas miradas de hace diez años, las mismas que recibí cuando Julián me trajo a su familia por primera vez, solo que ahora no soy solo un caso de caridad de la familia Blackwell, ya no soy esa pobre niña huérfana adoptada por la gran familia, ahora soy la esposa de Sebastián Blackwell.

Todo me resulta irónico.

Antes me odiaban porque pensaban que estaba por debajo de ellos.

Ahora porque estoy a su par.

Cansada doy un sorbo a mi copa de vino.

Si hace diez años cuando Julián se presentó ante una yo joven devastada por el miedo de perder a su único familiar, alguien me hubiese dicho que acabaría vestida de blanco y rodeada de personas que me odiarían pensaría que me estarían mintiendo.

Yo no vine a este lugar con esa intención, mi meta nunca fue interponerme entre ellos ni causar ningún conflicto en la familia que me acogió.

Aún así, aquí estoy.

Casada con el único hombre del que jamás debí enamorarme.

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