Reinaldo respiró hondo y, hablando rápido, dijo:
—¡No te preocupes por eso! ¡Solo haz lo que te digo!
Hipólito quería decir algo más, pero los ojos afilados de Reinaldo lo hicieron callar al instante.
Fane observaba la interacción entre los dos sin mostrar ningún tipo de emoción en su rostro, ni apresurándose a actuar. Era como un gato que tenía atrapado a un ratón, mirando con tranquilidad cómo ellos dos se complicaban la vida.
Reinaldo frunció el ceño y, al voltear a mirar a Fane, finalment