Benedicto miraba con emoción a la Tortuga de Fuego. Esta criatura era tan grande como una pequeña colina, con patas robustas y un caparazón grueso en su espalda. Todo su cuerpo era de un rojo ardiente, y en su cabeza tenía un mechón de pelo rojo que emanaba una energía explosiva.
Emocionado, Benedicto le dio una palmadita en el hombro a Fane:
—¡Esto es como si nos sirvieran la comida en bandeja! El tipo que va adelante no parece rival para la Tortuga de Fuego.
Fane asintió, esperando en su luga