Ese dedo daba vueltas dentro de mí y su pulgar jugaba sin reglas con mi clítoris. Sentí que me iba a correr y mis paredes se contrajeron, pero Gerald solo sacó los dedos y comenzó de nuevo, cada vez la ducha se llenaba de más y más gemidos, mis lágrimas salían sin parar, no podía creer que el orgasmo nunca llegaría a experimentarlo debido a la ira de Gerald.
—Gerald... —Dije su nombre, sollozando y gimiendo —lo siento.
No tomó en cuenta mis palabras, solo siguió haciendo lo suyo, escapar no era