El precio de una obsesión
El murmullo del Gran Salón se extinguió cuando las luces principales se atenuaron y un foco de luz blanca iluminó el estrado. El subastador, un hombre de impecable frac y voz aterciopelada, tomó el micrófono. El aire, antes cargado de chismes y perfumes, ahora vibraba con la adrenalina de la competencia. En las mesas VIP, las paletas con números empezaron a moverse como abanicos nerviosos.
Alexander estaba sentado con la espalda rígida, ignorando por completo la mano d