Entre el Refugio y el Abismo
El eco de los pasos de Flor y Alexander se desvaneció en el pasillo, pero el vacío que dejaron en el pecho de Elena era inabarcable. Ella se quedó allí, con la mano aún presionada contra su esternón, tratando de calmar un corazón que parecía reconocer a Max mejor que su propia razón. Las lágrimas, calientes y traicioneras, empezaron a rodar por sus mejillas, manchando los informes que tenía sobre el escritorio.
Fue en ese momento de absoluta vulnerabilidad cuando Ta