Al ver la expresión seria de Alfredo, no pude evitar reír a carcajadas. Él, sin investigar la verdad, ya me había considerado como la culpable, ¿y ahora decía que me protegería en el futuro?
—Alfredo, no necesito la protección de nadie. No soy la culpable del incendio. Si quieres, investígalo.
Dicho esto, estaba a punto de irme, pero él me apretó la muñeca con más fuerza. Sus ojos mostraban confusión y cansancio, como si estuviera vacilando en defenderme o no.
—Ya no eres una niña. ¿Por qué sig