Alex esperaba que las ambulancias acabaran de llegar de una vez. Su mano entrelazaba los dedos con su hijo y apenas podía contener las lágrimas que corría de sus ojos al ver el estado de los brazos de su cachorra grande.
-Mi pequeño- besó la sien de él con cariño mientras Sheldon terminaba de secarle los pies a Rayan, dentro de la habitación de este.
Entre los dos alfas le habían quitado la ropa empapada y cambiado de pantalón. No habían tocado sus brazos a menos que fuera mantenerlos cubiertos y apretados por toallas para evitar más el sangrado, la tela para ese momento se había vuelto roja.
-Espero que las heridas no hayan sido muy profundas- dijo Alex con la voz apretada.
Sheldon se incorporó y la miró con los labios tensos. Los colmillos alfas era... como armas blancas. Tenían la capacidad de desgarrar la piel tan profundamente que eran capaces de destrozar huesos, tendones y músculos. Y las heridas que tenía su hijo... eran profundas. No se había contenido.
Si después de aquello