Leticia miraba hacia la puerta abierta de su habitación.
Sí, abierta. Porque ya no había necesidad de escapar. Si antes estaba amenazada con su prima, ahora la amenaza era doble, y esta última ella misma la había permitido, mas no se arrepentía.
Tras enterarse de lo ocurrido por los rumores a modo de pasillo que escuchó a través de la puerta de su habitación, había esperado que Elam le hubiese traído el desayuno al otro día para casi obligarla a ver a su padre. Por suerte y para su sorpresa, el